Seguramente muchos se esperaban un resultado contundente, acaso un paseo o, al menos, un partido mucho más abierto desde las llegadas de ambos conjuntos al área rival.Pero no. Esto fue una auténtica semifinal de Champions League, algo muy pero muy diferente a los cotejos de cuartos que ambos equipos jugaron contra sus respectivos rivales en la pasada fase.
Es que Barça y Chelsea tuvieron bien en claro que estos duelos de 180 minutos pueden resolverse con un mínimo acierto propio o error del rival. Y que para la vuelta todavía falta. O, al menos, eso es lo que hay que creer. Porque en el Camp Nou fútbol, lo que se dice fútbol, no se vio mucho. Apenas algunos atisbos que no fueron suficientes como para abrir el marcador, en un duelo que, como era de prever, tuvo a los de Guardiola como dominadores del balón, pero sin la chispa habitual como para abrir flancos en una defensa que prácticamente no cedió terreno en todo el partido.
Al Barça, sin embargo, pocas cosas se le pueden reprochar. Jugó con valentía, generoso y perserverante en su esfuerzo, fiel a su estilo. Anoche, sin embargo, no le alcanzó para ganar el partido porque nadie le habia negado en Europa como el Chelsea. No cedió el muro inglés a la vitalidad azulgrana en un encuentro especialmente exigente, de un desgaste brutal, muy competido y mal arbitrado, ya que el colegiado respetó más la agresividad forastera que la delicadeza local.
La tensión y la competitividad anunciaban que el partido se ganaría palmo a palmo, de manera paciente, de forma madura. Acciones tan aisladas como importantes, de mérito ante la defensa del Chelsea, que desfiguró al Barça hasta lograr la desaparición de Messi. Aunque no jugó a gusto, el Barça trabajó para ganar aunque fuera porque acabó derrengado, reconocible incluso sin zamarra.
